"Mientras uno esté vivo uno debe amar lo más que pueda"
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¿Pero cómo amar sin fabricarnos ídolos? ¿Por qué en nosotros esta tenaz tendencia? ¿Será porque nuestra primera experiencia vital es el útero de nuestra madre y estando recién salidos de esas aguas primordiales donde flotábamos en éxtasis, el único sentimiento que probablemente conocíamos era la devoción y caemos en el error de proyectarlo en ese primer ser falible que se asoma a saludarnos? La devoción, que en esos primeros 9 meses surgía de una conexión absoluta con alguien, de una fusión total con el entorno que nos nutría, cumplía su propósito: hacernos sentir la plenitud de la unión, de no estar confinados en nuestra individualidad: el sentimiento oceánico de unidad infinita.
Pero de pronto perdemos ese cordón, perdemos esas raíces y anhelamos creer que aún siguen ahí, que aún somos uno con el entorno, que el mundo nos pertenece. Y nos toca percatarnos que esa alteridad nueva a la que somos erróneamente devotos traiciona, desaparece, no está siempre al alcance de mi mano. Nos pone límites. El mundo efectivamente no nos pertenece. Nos damos cuenta de que la fusión simbiótica se rompió; que nuestra consciencia parece estar encerrada en los límites de un cuerpo y surge entonces en nosotros, al no lograr nuevamente la comunión ilimitada del vientre, la actitud opuesta a la deificación: la necesidad de demonizar, nacida del miedo a esta soledad súbita y no solicitada. La necesidad de rellenar la ausencia y la oscuridad con demonios y fantasmas que nos quieren atormentar. Nuestro entorno empieza a oscilar entre ángeles y demonios y por ende aprendemos poco a poco a relacionarnos con los demás a través de la idolatría. A todo ser que nos emociona lo bautizamos en nuestras aguas de la devoción y cuando sentimos su ausencia o sus bordes rígidos le ponemos una máscara demoníaca en el rostro. Es eso un ídolo. Y un ídolo no es un sujeto con voluntad propia; es un objeto que nos fabricamos para compensar la orfandad original. Los queremos lisos y limpios, sin darnos cuenta de que esa superficie tan pulida que buscamos sólo servirá para reflejarnos a nosotros mismos. Nos queda toda una vida para entender que la fusión plena ya no es posible y que la idolatría solo refuerza nuestra individualidad, nuestra separación con el entorno.
Nos toca entonces aprender que para fusionarnos de nuevo debemos ser capaces de generar nuestras propias raíces, y que eso requiere validar la ausencia del otro, validar los cráteres del otro, ahondar en los relieves del otro, reconocer la negrura del otro, degustar la amargura del otro. Porque las raíces se gestan en lo subterráneo. Para fusionarme con algo necesito la perspectiva de todos sus costados, incluso de aquellos que están en la sombra, de aquellos que me asustan, de aquellas que me son completamente ajenos, completamente deformes, completamente grotescos, completamente otros.
Amar las sombras. Es esa la tarea más difícil que la vida nos pone: estar dispuestos a sufrir. No existe ente en el universo que al acercarnos mucho a él no hiera. Antes de cualquier fusión hay una colisión, explosiva en mayor o menor medida. Al menos una fricción. No hay fusión verdadera sin fricción. Amar es la disposición a dejar entrar en el corazón las sombras de un ser finito, rugoso e imperfecto. Amoldarlo a nuestras asperezas; tomar nuestros propios escombros para formarle un hogar; hacer de las erosiones que el tiempo ha hecho en nosotros sitios de frescura. Lograr que las grietas de nuestras heridas no se llenen de cizaña y maleza, sino que por ellas fluya agua que arrastre la magia y la belleza de la vida a lugares insospechados. La hospitalidad de un terreno herido pero erguido, como las verdes montañas nos enseñan. Esto requiere tener compasión y ternura al existir de la persona amada aún en su ausencia, aún en su falencia, aún con sus espinas. La empatía mantiene siempre la puerta abierta al otro y permite que su esencia nos siga recorriendo; que su recuerdo continúe surcando meandros en nuestro ser por donde podrá fluir algún día, cercano o lejano, la totalidad caudalosa de la persona. Y podremos sentir ahí el atisbo nuevamente de una conexión absoluta, un paroxismo de aquella plenitud primordial.
La idolatría es entonces una devoción dirigida prematuramente sin antes haber amado, sin antes habernos enraizado a aquello que vamos a deificar. Una vez enraizados, deificar no es ya fabularnos dioses sino experimentar la fusión: disfrutar la ambrosía que expele el fruto de un amor consumado. La posibilidad de vivir fuera de mi cuerpo. Saborear fugazmente la eternidad.
Madurar es aprender este amar. La maestría de colisionar sin destruirnos por completo en proceso. ¿Y qué mejor forma de hacerlo sino con el lubricante del juego, con el erotismo, la picardía y la sabiduría de la actitud lúdica? Mediante el juego se logran canalizar apaciblemente las energías turbulentas del ego: sus afanes de victoria, sus ideales de imponerse, sus anhelos de derrotar a los demás. Dado que cargamos siempre con el ego debemos cargar siempre con la actitud lúdica, como el niño con su juguete. En toda interacción con los demás o con el entorno saldrá tarde o temprano nuestro ego a relucir y cuando reconocemos su invasora presencia debemos intentar permutar la seriedad de lo que nos esté sucediendo a través de esta pulsión lúdica. Reírnos de nosotros mismos, encontrar goce en la “desgracia”, ser buen perdedor, saber que el juego implica la falta y que la falta implica el perdón. El perdón es lo que impide que los golpes del juego degeneren en pura repulsión. Que las superficies de dos cuerpos que colapsan no sigan su inercia en direcciones opuestas y experimenten por el contrario gravedad, unión. Que se transmute el impacto en órbita. Que no todo sea caos, sino que surjan galaxias.
Si la oscuridad de la otra persona me “derrota”, no me rindo, me ejercito. Lo vuelvo desafío y no conflicto. Apostaré más luz la próxima y mi vitalidad radiante amortiguará su sombra y perderá así su ego poder, al verse inefectivo en mi radio de existencia. Apostaré más luz la próxima y mi calor hará que nos arraiguemos eventualmente a través de nuestras entrañas ctónicas que percibimos en ocasiones tan lúgubres desde nuestra miope perspectiva. O tendrá ella quizás que apostar por la luz o tal vez yo percatarme que su sombra iluminada por mi luz no es tan sombría, no es tan pantanosa.
Y así progresivamente, ese juego a no ser derrotado por el otro achicará progresivamente el afán victorioso de ambos, y quedará entre nosotros puro juego, pura necesidad de convivir con el otro. Podremos finalmente conciliar y convivir pacíficamente con la ambivalencia que nos atormenta de que alguien pueda ser a la vez extremadamente maravilloso y profundamente decepcionante, como nosotros mismos nos sabemos. Brotará progresivamente en nosotros la actitud opuesta a aquella con la que iniciamos: la satisfacción en perder; el deseo de estar siempre a favor del otro al que amo a pesar de sus desaciertos. Honro tanto a mi rival que sus victorias las siento mías. El juego que empezó siendo de colisión volvió porosos nuestros bordes, laxas nuestras fronteras, construyó caminos, surtió finalmente raíces entre nosotros. Ahora su felicidad transcurre por esos canales y por ende me pertenece, es mía también. Y ahora sus inviernos no inundan su alma, pues ya no son diques sus lindes sino desagües hacia mis valles. De tanto amar, de tanto jugar logramos nuestro sueño infantil: estar fusionados sin perder nuestra individualidad; apaciguar nuestra orfandad no a costa de ídolos y proyecciones mentales narcisas sino a costa de solicitar permiso en las fronteras ajenas para hospedarnos intermitentemente en sus tierras. Ya no colonizamos al otro con nuestras banderas, ahora solo admiramos como cordiales extranjeros su clima y sus paisajes.
Aprendamos a darle soporte vital al amado, no a poseerlo. Aprendamos a darle asilo y no a invadirlo. Aprendamos a seguir seduciéndolo a que abandone sus guerras ególatras y se una a nuestra paz lúdica. Aprendamos a amar: a cargar juntos el peso de la fragilidad humana.

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