¿Objetivización o esclavización?
- fran4933
- 30 jul 2024
- 17 Min. de lectura
Actualizado: 16 ago 2024
Breve análisis sobres los pecados de la sociedad occidental
La experiencia consciente más primitiva de cualquier ser humano probablemente sea una especie de estado magmático de emociones profundas, confusas y compenetradas que comienza en el útero materno y que confiere a su paso el sentido del valor. Porque no hay nada valioso o significativo para el ser humano que no tenga una alta carga emocional vinculada. Las emociones son la verdadera “sustancia” de la existencia, siendo la percepción emocional algo mucho más temprano que la percepción corporal. De lo contrario el bebé no podría reconocer a su madre al nacer; aún no sabe ni tiene experiencia clara de su cuerpo o del de su madre, pero sí de la calidez que sentía cuando crecía en su vientre. Solo así es capaz de identificarla. Un gran problema de la existencia es que conforme se adquiere esta segunda dimensión perceptual corpórea se le va restando de alguna forma “realidad” a la primera dimensión anímica. Como el cuerpo es tangible y las emociones no, se cae en la falacia de pensar que aquel es más real o verdadero que aquellas. Comienza aquí a filtrarse de materialismo la existencia y el espíritu se va aplastando progresivamente por la masa de nuestro propio cuerpo.
Pero no puede nunca aplastarlo por completo. Al ser las emociones la verdadera sustancia del mundo, queda en el cuerpo siempre un residuo de ellas que revoloteará alrededor de él por el resto de la vida y le impedirá gritar a los cuatro vientos que es solo materia. Ese cuerpo sobre el que gravitan esferas emocionales diversas que apuntan todas a él es lo que constituye un ego. ¿Cuál es el principal peligro de esta configuración? Olvidar que este arreglo de “cuerpo con masa” sobre el que orbitan esferas emocionales es la configuración de todo el cosmos vital. Si el universo es un arreglo de millones de galaxias organizadas, la vida es un arreglo de millones de cuerpos emocionales organizados. Y así como toda galaxia esta interconectada con las demás y no hay ninguna que se pueda aislar del universo (no hay ningún sistema de referencia privilegiado), así tampoco existe ningún ente emocional que sea único o tenga una posición privilegiada en el cosmos vital. Si por razones de sus circunstancias alguno de estos entes emocionales así lo creyera, esto obedecería más a su perspectiva limitada y a una visión miope, que a una ley universal de la realidad.
Desconozco si solo el ser humano es el único cuerpo organizado capaz de percibir un ego; esto es una interrogante para lo cual no tendría yo nunca respuesta. Lo que pretendo describir con detalle son los riesgos de esta configuración donde se siente única o predominantemente la influencia de las esferas emocionales que orbitan más cercanamente mi horizonte.
Uno de los más preocupantes es que a todas luces, la fuente energética que más alimenta el ego es la vanidad. El ego vive de esa validación externa que propicia su crecimiento. Los demás le son útiles justamente porque sobre ellos se apoya para sentirse superior. El ego es entonces un estado evolutivo de la consciencia que propicia una asimetría en el valor de la vivencia emocional (que como mencioné al inicio, es anterior al desarrollo del ego, del yo). De esta forma surge una experiencia de valor que gira sobre un centro corporal que parece no dejar dudas de ser más importante que la de los demás. Y esta asimetría puede volverse tan profunda al punto de desestimar por completo la experiencia de valor de todo lo que sea el “otro”. A esta otredad, entendida como todo lo que no sea “yo”, va el ego paulatinamente expropiando de su propio carácter subjetivo-emocional y lo que obtiene con este proceso son básicamente objetos, que le sirven para reafirmar su falsa percepción de una experiencia de valor superior a la de ellos. Es este el primer pecado capital: soberbia.
Cuando el ser humano restringe mediante su ego la expresión y el desarrollo pleno de las emociones del “otro”, entonces este último deja de comportarse libremente; ese otro se desenvuelve solo a su gusto y conveniencia. Lo vuelve predecible. Lo convierte en un esclavo. Exclamar posteriormente que este comportamiento predecible del esclavo es innato sería un absurdo. Su comportamiento predecible fue creado y promovido por él mismo al despojarlo de sus propios intereses emocionales. Es este el mismo proceso conocido como objetivización, el que condujo al nacimiento y prosperidad de la ciencia. Objetivizar es crear intencionalmente una dinámica predecible; es restringir toda la libertad que puede tener un fenómeno a aquella que se ajuste mejor a la utilidad del explorador. Esta arma tan poderosa de la razón que es la objetivización padece con frecuencia de petición de principio, pues para lograr su objetivo somete a la naturaleza a “una tortura para que confiese a la fuerza lo que aquel ya ha establecido de antemano”. Así criticaba Goethe a Newton sobre la forma en que describió el científico el origen de los colores. Ya tenía la idea de los corpúsculos de luz en su mente; ahora solo faltaba idear la herramienta y el experimento que confirmara ese comportamiento de la luz. Pero es claro que lo que sus experimentos reflejan es su definición rígida de la realidad, que ya no podría decirse que es efectivamente la realidad como tal. Pues como Goethe indicó, no se puede pensar en la existencia de los colores sin tomar en cuenta el contraste entre la luz y la oscuridad.
En esto consiste ese proceso de tortura que tanto le criticaba el romanticismo alemán al método científico. Se afinan los instrumentos de medición/observación y/o se restringen progresivamente las definiciones de forma que el fenómeno observado que inicialmente era vasto en sus múltiples formas de expresarse, pueda ahora sí atravesar esas rendijas tan estrechas por las que lo está haciendo manifestarse. Esta es la gran magia científica; un artificio mediante el cual el instrumento confirma una ecuación, reduciendo la riqueza del fenómeno a una apariencia mucho más estática para ganar predecibilidad. Lo mismo que el amo hace con su esclavo, pero el científico, a diferencia del amo, sí afirma que el comportamiento observado es innato de la naturaleza. Es una ley.
Así, el hombre moderno se vanagloria de la domesticación de las plantas por ejemplo, sin caer en cuenta lo que esto implicó; se restringieron las múltiples dinámicas de expresión que ellas ofrecían a solo aquellas que fuesen de mayor utilidad para el hombre y esto es lo único ahora que puede percibir en ellas. Todo ente vivo puede ser predecible si lo moldeamos a golpes con nuestros puños. La testadurez del ser humano de ganar precisión en la predecibilidad de los fenómenos tiene el precio de mermar todo lo que el fenómeno inicialmente tenía la capacidad de expresar. Y es por esto por lo que muchas comunidades no civilizadas pueden percibir en la naturaleza mucho más que un ser humano occidental. Los sherpas por ejemplo practican la ceremonia de la puja al Monte Everest porque lo ven como un ente vivo; el objetivo es armonizar con él y crear complicidad de forma que la montaña les permita adentrarse en ella. El occidental creería que esto es solo un mito, pero nadie sube esa montaña sin el apoyo de estos guías budistas. Estos pueblos menos occidentalizados no ven la naturaleza como un conjunto de objetos cuyo sentido existencial es estar al servicio de la utilidad del ser humano. No la esclavizan; conviven con ella. Esta diferencia es fundamental para entender la evolución de la sociedad occidental hacia el nihilismo, el patriarcado, la violencia y la guerra.
El sistema educativo occidental, desde la familia hasta la universidad, tiene como fundamento la construcción progresiva de un ego, de una personalidad. Y por todos los rincones de la educación se respira este aire contaminado de vanidad. Premios, distinciones, vocación y especialización son diferentes caminos que toma el sistema para lograr su cometido; crear personalidades estables cuyo sentido de realización se da mediante su profesión o su trabajo.
Es obvio que una sociedad que se basa en consciencias con esta modalidad egocéntrica es una sociedad sociopática y será siempre una sociedad que vive en guerra. En otras palabras, no será nunca una real sociedad, sino solo un campo de batalla de múltiples frentes que incurren en el mismo pecado; la psicopatía de la vanidad excesiva.
Uno de los mejores aliados de esta sociedad sociopática ha sido con frecuencia la ciencia positiva, que ha permitido el progreso tecnológico que da origen a las mejores armas de guerra. Y no es casualidad que la deidad de la ciencia sea la objetividad. Como expliqué antes, la diferencia entre objetividad y esclavización es escasa. En ambos casos se trata de manipular el fenómeno libre para que se comporte de la forma más complaciente que se pueda con mis necesidades (en el caso del esclavo humano) o con mis instrumentos (en el caso la naturaleza). Que juzguemos peyorativamente la primera y la segunda la consideremos valiosa responde a una razón y engendra un absurdo.
La razón es la misma vanidad del ego. Conforme el ente vivo en consideración lo vemos más diferente de nuestro cuerpo, de nuestra personalidad, menos valor emocional consideramos que tiene su vivencia. A esta soberbia llega nuestro ego: “si se parece a mi merece mi empatía; conforme se aleja de mis propios rasgos considero que su experiencia vital es menos significativa o inexistente”. Y así el ser humano logra tener empatía muchas veces con otros seres humanos; la va perdiendo con los que no se parecen a él y surge así el racismo. La rescata parcialmente en algunos animales que tienen muchos gestos emocionales que se le asemejan como el perro y la pierde por completo en el reino vegetal, donde la considera inexistente. Si no hiciera este artificio no podría del todo reconocerse como un yo diferente a la naturaleza; se reconoce justamente porque él tiene emociones e intenciones y la naturaleza no (o al menos eso es la premisa en la que basa esta curiosa forma existencia).
El absurdo que engendra es que nuestra corta perspectiva nos impide advertir que la esclavitud no está del todo abolida, solo reformulada en sus términos y que efectivamente somos también nosotros esclavos modernos. Nuestra libertad está tan restringida desde que somos niños que ya consideramos ese proceso de adiestramiento como algo natural, al igual que la domesticación de las plantas y los animales. Nos parece normal rentarle a un jefe (¿o amo?) ocho horas como mínimo de nuestra libertad diaria, que equivaldría a 1/3 de nuestra vida, para que disponga él de ella como guste. La esclavitud redujo su jornada y alivianó sus castigos evidentemente, pero el sistema básico de alquilar la libertad por dinero sigue vigente. Y no sólo es esta libertad cotidiana la que se restringe con el énfasis en el trabajo y en el capital; es también nuestra creatividad la que se compromete, al tener que dedicar una gran parte de nuestra vida a una profesión técnica, algo que empieza desde la juventud temprana. Al tener que invertir la mayor parte de la vida a esa actividad específica que nos dará de comer, todo nuestro potencial artístico se va atrofiando con el paso de los años e incluso desconocemos muchas veces que tenemos uno.
Lo cierto es que el ego no es el único que tiene una experiencia emocional de valor. Toda la naturaleza la tiene; todo fenómeno vital se basa en esa experiencia emocional de valor y cualquiera que pueda elevar su consciencia mas allá de su ego podrá percatarlo de primera mano. Es una verdad constatable. La naturaleza, con la vasta diversidad de formas, colores y melodías que ofrece, comunica una vivencia emocional que podemos reconocer en nosotros mismos. Podemos percibir por ejemplo que el mar transmite serenidad o agresividad, no porque nosotros proyectemos estos sentimientos en él sino porque todo fenómeno vital tiene tinte emocional; es tan verídico en nosotros como en él. Aceptar esto es reconocerme de inmediato como siendo parte de algo mucho más grande que yo; mucho más grande que el mar incluso. Es algo que nos dota a los dos de la propiedad de ser leídos o entendidos través del lenguaje emocional. Ese algo es la vida misma en su forma más pura, la consciencia más primitiva. Aquello que nuestros antepasados llamarían maná y Platón denominaría anima mundi. Algo que permite el entendimiento y la convivencia entre tanta diversidad de manifestaciones materiales con vida. Cuando experimentamos esto, cuando nos sentimos pequeños, entonces lo que sucedió es que se tendió un puente entre el “yo” y el “otro”, confirmando la sentencia del Upanishad Chandogya “Tu eres eso”. No hay entonces gran misterio en esto. Solo estamos diciendo que somos de la misma naturaleza de eso que vemos. Pero no precisamente de la misma naturaleza material, sino que compartimos una misma fisonomía emocional, un cierto carácter espiritual de donde se enmarcan todas nuestras acciones y dinámicas para adquirir sentido.
Llegamos así mediante este análisis a reestimar lo que la vivencia musical nos ha evidenciado y enseñado: que la dimensión emocional no se reconoce palpándola sino mediante una intuición innata de la armonía que parece ser universal. La música es la mejor prueba que tenemos de que lo significativo está más en esta esfera que en la materia. Y lo más interesante de notar es que las vibraciones armónicas son capaces de generar formas estéticas u ordenadas de materia, como ejemplifican las figuras de Chladni o las ondas de probabilidad de Schrödinger. Después de un largo trayecto desde Demócrito, los átomos resultaron ser solo símbolos; siempre apuntan a algo más allá de ellos. La materia no genera vibraciones armónicas por suerte divina sino porque estas vibraciones permitieron su existencia tan perfectamente estructurada en primera instancia. Avanzamos así de los corpúsculos a las cuerdas y el paralelismo entre cuerpo y emoción se empieza a retratar con mas nitidez.
De esto también derivamos que el cerebro es más una especie de registro o huella que nuestra vivencia emocional imprime en la materia y no el creador de la emoción. Fue la emoción la que le otorgó forma y lo continúa moldeando diariamente. Si el sujeto se consume en la tristeza entonces el aspecto de su cerebro se modifica, pero estas modificaciones cerebrales son con mayor frecuencia la consecuencia y no la causa de su tristeza. La impresionante complejidad de las circunvoluciones y redes neuronales es solo reflejo de la amplia capacidad resonadora del ser humano; su registro emocional es casi infinito y puede ser así toda la naturaleza. Es el animal que menos definido está, el animal que menos determinado está. Si la neurociencia sigue buscando cómo la colisión mecánica de los átomos en las neuronas genera por arte de magia una emoción, entonces le falta aún empaparse de más ciencia. Se quedó anclada en la física del siglo XIX.
¿Es esto que escribo una cruzada contra la ciencia? No. Es solo una demarcación saludable de sus limites y alcances. La objetivización puede y ha ayudado al humano a optimizar su comodidad. Mediante la facultad científica se incrementa exponencialmente la capacidad de fabricar herramientas para aprovechar el entorno y enfocarlo a cierto uso. Pero las teorías científicas ofrecen solo esa visión limitad y utilitarista de la naturaleza. Así como el esclavo es mucho más que las órdenes que recibe de su amo, así la naturaleza tiene mucho más que comunicar que lo que la teoría científica le quiere adjudicar.
Cuando elevamos a realidad última lo que solo es teoría científica caemos en una trampa que las religiones han advertido desde la antigüedad; la idolatría de los símbolos. Toda corriente mística señala que el símbolo apunta siempre a algo más grande y difuso que él. El símbolo no es el muro donde termina la realidad, sino el umbral donde comienza apenas. La idolatría de los símbolos es el sesgo de la consciencia donde convergen el monoteísmo y la ciencia positiva. En estas dos vertientes de la experiencia humana que parecen tan antagónicas se reconoce el mismo pecado; considerar la interpretación de un hecho empírico aislado y controlado como la verdad última. Un concepto menos religioso pero que describe el mismo sesgo es llamado en lógica falacia de reificación; convertir entidades abstractas en realidades “cósicas”. Lo que es solo simbólico se toma como realidad última y aquello a lo que el símbolo aludía se le toma como inexistente o irrelevante; un problema derivado igualmente de que el símbolo es mucho más perceptible que lo simbolizado. Lo simbolizado requiere mucho más esfuerzo creativo-intelectual del receptor.
Comencemos con el monoteísmo. Si la historia de Jesucristo es un hecho histórico o no, carece de relevancia para lo que esta narrativa simboliza: las fases de evolución de la consciencia humana desde su nacimiento, cuando está en absoluta conexión con la madre que le dio origen y apenas se reconoce como diferente de ella (el paraíso); la caída de este “cielo”, cuando se comienza a individualizar y a formar un ego propio; la crucifixión, cuando mediante el dolor cae en cuenta que debe aceptar las condiciones imperiosas de la vida porque lo superan con creces (sacrificar el ego); y la resurrección, cuando aceptando lo que la vida trae se reconecta con ella y adquiere una experiencia vital mucho más plena, fluida, serena e iluminada. Quien reconozca esta verdad sabe que esa crónica es afín a muchos personajes tanto mitológicos (Dionisio, Orfeo u Osiris) como históricos (Buda por ejemplo). Pero el cristiano dogmático cree que su personaje Jesús es de hecho un mesías y que el cielo es algo material a donde viajara su cuerpo y su personalidad cuando muera. Tiene entonces una vivencia de la religión mucho más materialista que espiritual. Ya la ciencia se filtró en su consciencia y le nubló el entendimiento simbólico.
De la misma forma, la vivencia tan patriarcal que toma tantas veces el amor romántico tiene su origen también en este error cognitivo del monoteísmo. Porque es muy sabido que el lenguaje de adoración hacia la persona amada fue robado directamente del misticismo, que lo utiliza como forma de expresión de sus experiencias inefables de trascendencia. La vinculación tan profunda y amplia con algo tan indescriptible que experimenta el místico lo convierte en un devoto auténtico, no de palabra ni de teología. Un devoto de esa experiencia tan emotiva y significativa a la que llama Dios y que iguala con la vivencia pura del amor. La absoluta liberación de todas las cadenas terrenales para entrar en un estado extremadamente placentero de lividez. Y a partir de esto nacen expresiones como “Dios es amor” o “Dios no hace libres”. Esta sabiduría mística que fue occidentalizada por autores como Schopenhauer, Schelling o Goethe tomó el nombre en Europa de Romanticismo. El romanticismo original es la expresión de esa sabiduría emocional “supraegocéntrica”, algo que los primeros románticos lograron reconocer tan bien en las óperas finales de Mozart.
¿Cómo sufre entonces el amor de los místicos la falacia de reificación? El símbolo de esta libertad y este amor que se vive en la trascendencia ha sido muchas veces representado como una mujer bella, como lo evidencia muy bien la famosa pintura del romántico Delacroix. Pero entonces, en algún momento de la edad media se empezó a tomar este símbolo como la verdad absoluta, es decir que era la mujer hermosa aquello a lo que había que adorar con fervor. Todas estas vivencias de tan alto contenido emotivo se comenzaron a proyectar sobre la mujer y nace así el amor cortés de los trovadores medievales. El amor que simbolizan Tamino y Pamina de La Flauta Mágica o el de Tristán e Isolda se transforma en el amor de Abelardo a Eloísa. Ya aquí la mujer es el fin último y el amor deja de ser una experiencia de libertad para pasar a ser una experiencia de posesión. Lo que se adora ahora es un símbolo del amor real. Y la amenaza percibida sobre la potencial pérdida del símbolo venerado es responsable de toda la crueldad que padece la humanidad. El adorador es capaz de matar o matarse por esto. Así como el religioso dogmático mata por su Dios al que considera más verdadero que el de los demás y que le pertenece solo a su tribu, así el hombre mata a la mujer a la que alguna vez le profesó “amor” y que considera le pertenece a él. No puede tolerar que el símbolo del amor que se construyó, que es lo único que tiene, que es toda su realidad y después de ahí no hay nada, sea asequible a nadie más.
La crueldad tiene por ende sus raíces en la idolatría, una forma casi irreconocible del amor verdadero que se transforma en avaricia y lujuria. Lo que el humano debería “adorar” en su pareja no es el símbolo, el cuerpo, la estética. Lo que debería adorar es la gracia de participar de la energía femenina. La energía femenina es justamente lo que simbolizó Delacroix en su cuadro: la libertad absoluta, el amor platónico. Y la plena libertad acarrea siempre dolor, incluso en nuestra experiencia personal; ser diferente, dejar de estar determinado por las costumbres implica ir más allá de lo que usualmente somos y esto genera miedo, vergüenza, ansiedad y dificultad. La libertad tiene ese componente de dolor por donde rompe al sujeto para infiltrarse y expandir su ser. Así también en el amor de pareja la libertad debe generar dolor. Su vivencia más plena requiere aproximarse al otro sacrificando continuamente el ego en el proceso con el único objetivo de enriquecer la experiencia y sumergirse hondamente en los millones de matices emocionales que este juego pasional ofrece. La vida se trata de bucear en el cartel tan amplio de emociones que ofrece, no de adiestrarlas, reprimirlas o vivirlas siempre igual. Se trata de explorar nuestras múltiples posibilidades de juego, asociación y comunión. Se trata de crear continuamente valor y sentido. Un hedonismo a través del otro y no sobre el otro. El beneficio de esto es un crecimiento exponencial en la confianza de que la libertad siempre enriquece a largo plazo a las personas que participan de ella. Es esto la energía femenina, que dicho sea de paso no le pertenece a ningún cromosoma ni a ningún género. Las reglas rígidas son en cambio la energía masculina, la actitud mental derivada de padecer crónicamente miedo a ser diferente. Temor al dolor y a lo novedoso. Conformarse, no atreverse; el pecado capital de la pereza.
Ejemplifiquemos ahora el proceso de idolatría en la ciencia dogmática, teniendo en la cúspide de esta corriente el positivismo logico con su Dios Albert Einstein. Una corriente que dicho sea de paso lucho enérgicamente contra el romanticismo alemán. El fenómeno es el mismo; el físico cree que el instrumento que mide el tiempo, el reloj, es de hecho el tiempo mismo. Que si un reloj de luz o un reloj atómico se ralentiza por su estado de movimiento entonces podemos concluir automáticamente que una persona que se mueve a altas velocidades envejece. Esto es el mayor abuso de un símbolo que se ha hecho en los últimos años; traslapar lo que aplica para un instrumento de materia inorgánica construido por el humano para que ejerza periodicidad (el reloj), al ser humano vivo en un solo paso. El ser humano con las ecuaciones de Einstein se transformó por arte de magia en un reloj; se logró la objetivización que faltaba: la del propio ego y el propio ser. Y toda su libertad de percepción temporal quedó amputada por la aparente invarianza en la propagación del fenómeno electromagnético derivada de las ecuaciones de Maxwell. Pero cualquier persona que le haga el mínimo de justicia a la verdad podrá confirmar que la percepción del tiempo es de hecho relativa, pero la causa es principalmente el estado emocional del sujeto, algo que la objetivización siempre necesita ignorar para ser efectiva en predecir y manipular. La consciencia le informa y le modifica el pasaje del tiempo al humano desde que surgió como especie, millones de años antes de que se concibiera la existencia de un reloj o se estableciera el segundo como cierta oscilación periódica del átomo de cesio. La relatividad del tiempo es un fenómeno intuitivo y en nuestra vida real no tendremos nunca un cohete que nos impulse a la velocidad de la luz para confirmar si efectivamente la imaginación creativa de un físico tiene algún grado de coincidencia con la realidad o solo es ciencia ficción derivada de unas inteligentes ecuaciones. La ciencia es altamente propensa a la mitología y a una mucho más estéril que la ancestral.
Pero como siempre es posible construir instrumentos que se ajusten a las ecuaciones y confirmen la teoría, entonces la física cree que tiene una porción mucho más grande de la verdad que cualquier otra rama del conocimiento. Porque su criterio de verdad es la utilidad, aunque en ese proceso tenga que sacrificar su percepción cotidiana de la realidad y deformarla severamente hasta dejar algo que parece ya pura fantasía (el mismo fenómeno de degradación que describimos en el amor místico). No se da cuenta que los instrumentos que construye se ajustan a sus ecuaciones, pero la realidad como un todo no. Y aunque se de cuenta es irrelevante porque lo que gana el científico dogmático con sentirse dueño de la verdad es acrecentar su autoapreciación de inteligencia, que finalmente necesita que sea validado por los demás. Son muchos los que añoran su premio Nobel. Lo que realmente obtiene con sus instrumentos y sus ecuaciones certeras es en última instancia vanidad. Crece así el ego científico y retroalimenta su labor objetivizadora, es decir esclavizadora de todo lo que se encuentre a su paso. Y si esto suena como exageración, no tendría yo forma de explicar cómo la ausencia de libre albedrío es una tesis fascinante para el científico y repudiable para el religioso auténtico. Pues la libertad en la expresión y el polimorfismo de los fenómenos naturales es con lo que el científico lucha todos los días; él necesita encasillar, categorizar y definir nítidamente. Y de esta forma prefiere sacrificar su propia libertad, aunque sea un fenómeno intuitivo que vive de primera mano todos los días. Prefiere afirmar que está determinado casi por completo por el fenómeno electromagnético, con tal de seguir creyendo que puede controlar todo lo que se interponga en su camino. Qué paradoja más grande esta de autosacrificarse solo para expandir el alcance de sus dominios; el pecado capital de la soberbia termina siendo su propia sentencia de muerte.

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