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La hoja

  • fran4933
  • 31 oct
  • 1 Min. de lectura

Pobre hoja inerme agitada entre los vientos

que soplan desde las bocas carnosas de las musas.

Es huérfana de árbol, expatriada hace años de un vergel.

Errante de los bosques, no halla manso lago donde envejecer.


Teme cuando es presa de los ojos del búho que en la ciénaga vela,

pues pecas negras brotan en segundos de su haz amarillento.

Son esas pupilas, alambiques donde se destilan los licores del misterio,

que le evocan los introitos virginales de las selvas de sus arrabales.


Ay si tan solo su pecíolo tuviera…

Tal vez en él reconociera sus lenguajes familiares, sus herencias ancestrales.

Pero ahora está condenada a volar sin alas,

y a husmear entre ramajes los vestigios maternales.


Denle musas sabor de besos, no solo frío de borrascas.

Amainen la brisa y dejen que, columpiándose en caída,

praderas otoñales la cobijen en su cuna. Arrúllenla en su regazo

mientras el resol del ocaso le pinta sus grises nervaduras.

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